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La importancia del fracaso empresarial en el proceso de aprendizaje

Artículo de José Ángel García López, autor del libro “El pequeño saltamontes; emprender es un salto al vacío”.

Mi nacimiento supuso un inmenso éxito, que sin embargo alimentó el fracaso de decenas de millones de espermatozoides que no consiguieron llegar a la meta. Precisamente ese era su destino; fracasar para contribuir a que yo tuviese éxito. Un pequeño triunfo que jamás hubiera sido posible sin su ayuda en ese caminar conjunto, en ese proceso de retocolaboración y apertura al crecimiento de nuevos horizontes. Y ese porcentaje de “atletas del destino negativo” se repite una y otra vez, inexorablemente. En su caso ellos mueren durante ese proceso, en el caso de los seres humanos contamos con una enorme ventaja, la de renacer, dotarnos de resiliencia y aprovechar el máximo recurso vital, que no es otro que el del aprendizaje continuo. El ensayo-error, que desde que nacemos se convierte en el leitmotiv de nuestra existencia y de nuestro principal activo, el del autoconocimiento.

De las miles de start-ups que se constituyen cada año, menos del cuarenta por ciento  sobreviven, según un estudio de Cambridge Associates que se prolongó durante una década. Esa es otra realidad fehaciente, que por supuesto y afortunadamente, ningún emprendedor tiene en cuenta a la hora de perseguir y convertir en realidad sus sueños.

Entre los productos de consumo que cualquier compañía lanza al mercado, exclusivamente  treinta por ciento consigue permanecer en un mercado cada vez más competitivo. Antes se hablaba de sectores, ahora los nichos y los micronichos son una oportunidad de negocio real y altamente rentable y sin embargo, seguimos pensando que el fracaso es una lacra en las empresas y en la vida profesional-personal.

José Ángel García

La función de los directivos es mantener los pies en las circunstancias que les rodean y ser capaces de construir nuevas realidades dotadas de la innovación suficiente como para permanecer vivas durante el ciclo vital de los productos y/o servicios.

En nuestros días, esos nuevos paradigmas de los mercados, todos esos nuevos productos y servicios deben viajar de la mano del ecologismo, el consumo responsable, el  social impact investment y  otros valores en alza, sin los que las personas estaremos perdidas a corto plazo.

No es una cuestión baladí, porque sin aceptar el fracaso como parte de un todo y una pieza esencial de cualquier proceso de éxito, ningún progreso sería viable ni perdurable en el tiempo que nos ha tocado vivir.

Hemos pasado las últimas décadas a la sombra del intento de plasmar en las empresas y los directivos, dos conceptos ampliamente difundidos en la vida moderna: la excelencia y el crecimiento constante. Ambos son dos errores de bulto en el entorno del management, más preocupado por las teorías y la creación de profusas metodologías, que por aceptar las realidades cotidianas, que siempre son más crueles y persistentes de los que muchos desearían.

El mismo concepto medieval del aislamiento de los enfermos de peste, llega a aplicarse a los emprendedores que fracasan o las compañías que toman decisiones equivocadas; y con ese prisma el mismo progreso de nuestra existencia queda ampliamente en entredicho.

La clave de las compañías abonadas a conseguir éxito tras éxito, radica precisamente en su capacidad de experimentar en más ocasiones, de forma más persistente y siempre conocedoras de que sin múltiples fracasos previos, nunca podrían alcanzar éxito alguno.

Perdonar los errores de los empleados, fomentar su capacidad para solucionarlos ellos mismos y constituir un sistema que no penalice la creatividad, supone el emblema de cualquier marca que quiera conseguir que un éxito pueda repetirse.

Los modelos de negocios, que únicamente basan su rentabilidad en el éxito económico sin contar con el bienestar de los clientes y las personas que componen las empresas, están claramente destinados a la extinción. Las constantes vitales de las empresas necesitan del alma de sus empleados porque son el motor de la innovación, siempre que se les anime y se les permita desarrollarse desde el principio del entendimiento del fracaso como herramienta de aprendizaje y orgullo vivencial.

También hemos escuchado de forma repetitiva, que el fracaso no es negativo, sino que únicamente el fracaso reiterativo lo es. Otra gran mentira que no tiene en cuenta ni siquiera la mera estadística ni la realidad, e incita a muchas empresas a formar parte de una psicosis que pone su foco en el fracaso hasta estigmatizarlo y desvirtuarlo como modelo de aprendizaje absolutamente necesario.

El fracaso nunca es un accidente, ni una mala praxis en el desempeño de nuestras funciones directivas. El fracaso es una constante ineludible que muchos se empeñan en negar, que por otra parte queda demostrada por otro concepto precioso que nunca deberíamos olvidar, la mejora continua.

Sin el fracaso, nuestra resiliencia, nuestra perseverancia y nuestra creatividad ante la resolución de problemas quedarían francamente cojas, y eso sí constituiría un problema inmenso para cualquier directivo o empresa.

Los síntomas de la “enfermedad del fracaso”en las empresas tienen como sintomatología: la negación del problema, el no perdón de los afectados, la invalidez de los procesos de  innovación constante y el aferramiento a valores corporativos que no tienen en cuenta ni a clientes ni a empleados, solamente a las cuentas y los balances.

Nos olvidamos que otro mundo es posible porque no hemos dado oportunidad alguna a que esa nueva realidad se desarrolle y actuamos guiados por nuestros impulsos más negativos, que hacen del más temido de todos ellos su bandera, el miedo.

El miedo al cambio y al fracaso es el freno de mano del vehículo más preciado con el que contamos; nuestra capacidad cerebral y la propia plasticidad que posee para cualquier proceso de aprendizaje.

Y digo todo esto, desde el más profundo convencimiento experiencial; el de una persona que pasó de recibir un premio empresarial de una prestigiosa revista económica nacional, en el Hotel Ritz de Madrid a tener que alimentarse literalmente en un comedor de Cáritas para poco después volver a dirigir una empresa con el eterno agradecimiento que le debía al fracaso, el de un aprendizaje vital y necesario para sentir cambios profundos  en mí mismo.

¿Ya lo dijo Calderón de la Barca? La empresa y el éxito son sueños; no dejemos que nuestro miedo a sentirnos vivos los conviertan en pesadilla.

Sed valientes, porque justo detrás de la puerta del fracaso, siempre, siempre, siempre, se abren nuevas ventanas al éxito personal y profesional.

Para eso aceptad algunas realidades inmutables:

  • Todo fracaso supone una oportunidad de mejora, una ventana al crecimiento, si sabes aprender del proceso.
  • La innovación es la hija de la resiliencia, nadie que sea realmente creativo consigue resultados sin destruir cientos de bombillas antes de dar con una luz real.
  • Fomentar un espíritu de libertad hacia el éxito, que incluya la capacidad de experimentar fracasos, es fundamental de cara a la salud mental y el optimismo en cualquier plantilla de trabajadores.
  • Fracasar es un derecho y un deber, porque solamente los que son capaces de fracasar de forma positiva conseguirán éxitos escandalosos que merezcan la pena ser recordados.
  • Equivocarse supone un problema, pero solamente cuando el coste del aprendizaje, suponga un precio más elevado que los beneficios del crecimiento que aportan: la resiliencia y la experiencia plasmada en forma de nuevos productos y servicios que nos ofrecen una altísima rentabilidad.
  • El fracaso no es un trauma, sino una realidad cotidiana con la que debemos aprender a convivir y de la que debemos sacar siempre conclusiones positivas, entendiendo su proceso desde una perspectiva de posibilidad de mejora.
  • Estamos vivos, somos creativos, somos resilientes, somos los hijos de miles de fracasos por los que pasaremos en nuestra ruta hacia la verdadera excelencia, la aceptación de lo que somosy lo que podemos crear.

Cuando aceptemos esas realidades de una forma inmutable, estaremos capacitados para generar nuevos éxitos sin complejos,  en nuestras vidas y nuestras profesiones.