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La inteligencia del corazón

Por 20 febrero, 2019 Sin comentarios

Artículo escrito por Dr. Juan Antonio López Benedí, autor del libro “El corazón Inteligente” y Director General Académico del Instituto de Educación en Valores.

El organismo humano genera muchos impulsos eléctricos o bioeléctricos a través de los procesos de transmisión neuronal. Y como todos sabemos, todo impulso eléctrico genera un campo magnético. Todos hemos tenido ocasión de comprobarlo a través de sencillos experimentos caseros o escolares con electroimanes. En este sentido, todos los órganos de nuestro cuerpo, en especial aquellos en los que se da un cúmulo especial de neuronas activas, generan campos electromagnéticos. Además del cerebro y el sistema nervioso central, que recorre nuestra espalda desde la columna vertebral, vimos que también el intestino y el corazón se encuentran en este caso. Según las observaciones y mediciones de los neurocardiólogos, el campo electromagnético del corazón es el más poderoso que genera el cuerpo. Sus mediciones apuntan a que llega a ser cinco mil veces mayor que el producido por el cerebro. Los cambios eléctricos en los sentimientos y emociones transmitidos por el corazón humano pueden sentirse y medirse, al menos, desde un metro y medio de distancia y a veces, incluso, a tres .

la inteligencia del corazón            Y de la misma forma que los sueños tienen su lenguaje, a través de los símbolos, representaciones, asociaciones y metáforas, también el corazón genera mensajes inteligentes que transmite por todo el cuerpo, a través de otros códigos asociados. Códigos rítmicos, por ejemplo, que nos hacen pensar en la influencia que tuvo siempre la música en los estados emocionales, como queda reflejado en el dicho popular: “La música amansa las fieras”. Y tales comunicaciones, tales pálpitos, influyen profundamente en nuestra percepción del mundo y nuestras reacciones ante él .

            La propuesta de Rof Carballo, conocido neurólogo español, para devolver a la persona su «humanidad» fue, a grandes rasgos, recuperar o introducir en su práctica cotidiana la meditación libre, desinteresada, la vivencia íntima más pura, la contemplación estética inmaterial. De esa forma podemos llegar a recuperar la intuición, el impulso, el «corazón», los rasgos de genialidad que caracterizan a las «grandes personalidades», ya sea en el mundo de los negocios o en cualquiera de los ámbitos generales de la cultura. A esa componente, a todo el proceso anteriormente descrito, identifico con la denominación de «inteligencia del corazón», como ámbito y predisposición.

            La creatividad es una característica humana que otorga una especificidad propia al término «humano», frente a lo animal y a lo mecánico o robótico. Al vincularse ahora con la inteligencia, en la neurología intestinal y los ritmos cardíacos, se hace más asequible, más real; su posición, equiparable al proceso analítico-racional es más evidente. Podemos entender que la razón universaliza, objetiviza la realidad humana, mientras que los sentimientos la individualizan. Pero, al mismo tiempo, la razón impone determinaciones concretas, a las que denominamos objetos, y el sentimiento se escapa siempre ante lo concreto analizable.

            La creatividad, vinculada así a la inteligencia del corazón, es el puente y la articulación entre los sentimientos, las emociones, el impulso primario y su objetivación racional; es un impulso para la acción concreta y que se realiza en ésta. De otro modo, tales impulsos quedarían como emociones puntuales, que se disuelve con el tiempo.

            La situación de crisis, en el marco social, se manifiesta como reflejo de las crisis personalmente vividas por quienes conformamos el ente o la estructura de la sociedad. Debido a que a veces carecemos de perspectiva sobre nosotros mismos, nos llega impuesta la necesidad de contemplar nuestros actos y objetivarlos como algo que nos fuera completamente ajeno. Y es a ese cúmulo de acciones y relaciones objetivadas al que se ha puesto el nombre de sociedad. De esta manera nos vemos liberados, aparentemente, de la responsabilidad de nuestros actos y podemos criticarlos y condenarlos, desde un disfraz de anonimato.

            Podemos encontrar dos tipos generales de críticas que dirigimos a la entidad abstracta y anónima que llamamos sociedad. Por una parte, se encuentran las destructivas. Estas se arrojan como insultos y condenas. El otro tipo es el de las constructivas. Estas se caracterizan por tratar de analizar, superar y solucionar las situaciones de conflicto. Las primeras obedecen a insatisfacciones, impotencias o frustraciones, que surgen cada vez que tratamos de llevar un sentimiento o ideal a la práctica y no materializa, por cualquier razón. En estos casos, es difícil admitir que el fracaso ha sido fruto de una incapacidad personal; que el proyecto frustrado no estaba lo suficientemente elaborado y su inmadurez produjo un aborto. Esta incapacidad real, pero oculta a la instintiva necesidad de autoestima y reconocimiento, vinculada al instinto de conservación, provoca la reacción de buscar un culpable exterior que nos obstaculiza en nuestra senda o nos agrede, impidiéndonos ser lo que deseamos ser o vivir tal y como nos gustaría: la sociedad, como entidad general o concreta a través de alguno de sus agentes, también abstractos, como pueden ser pueblos, razas, culturas, sexos, religiones, grupos ideológicos, etc. Es fácil deducir el por qué de las guerras o la violencia en general desde esta perspectiva. Pero cuando no somos capaces de ver la propia incapacidad, se hace imposible encontrar los medios para superarla. Las frustraciones se acumulan y la violencia es su válvula de escape inmediata.

            El segundo tipo de críticas, las constructivas, se producen cuando se supera la consideración de lo ajeno como agresivo. Esto supone un proceso de mayor racionalización e inteligencia, en el que se comienzan a ver distintos aspectos, hechos o dificultades sin la necesidad visceral de elogiarlos como buenos o condenarlos como malos. En su lugar, las valoraciones se producen en función de aciertos, mejorables, y de errores, corregibles. Al esforzarnos por mejorar y corregir, las frustraciones disminuyen y tienden a desaparecer, lo cual elimina la necesidad de los impulsos violentos y éstos dejan de existir.

            He venido relacionando hasta ahora la creatividad, con la contraparte intuitiva humana, para acentuar así la necesidad de equilibrio, frente al abuso tradicional de la tecnificación analítica occidental de los últimos tiempos. Pero situémonos con los pies en la tierra para no perdernos en una exaltación excesivamente poética. La inteligencia del corazón, vinculada con esa creatividad impulsiva, precisa también de la observación analítica, de la conceptualización racional y de la técnica para ser realmente aplicable y no quedar como una mera fantasía. Es más: no sólo necesita de este último componente como equilibrador teórico; igualmente imprescindible es su contrastación empírica y su plasmación práctica, tangible y concreta.

            Ante la vivencia fantasmagórica de la crisis laboral, financiera y social, asociada fundamentalmente a una crisis personal de valores en las personas, se impone la urgente necesidad de aportar nuevas orientaciones que nos permitan despejar los fantasmas y recuperar nuestra humanidad íntegra. Paralelamente al incremento de artificialidad y relaciones superficiales, que induce al aumento de frustraciones vitales, con sus correspondientes patologías derivadas, se da también un movimiento intenso de vuelta a la naturaleza, encabezado por los grupos ecologistas. Ahora bien, estos movimientos en sí mismos no son ninguna panacea para la persona, aunque incidan en puntos vitales para el equilibrio social, y no lo serán mientras supongan tan sólo una huida de lo artificial o del proceso de mecanización o tecnificación. Detrás de ellos pueden reproducirse los mismos errores con nuevos disfraces, como dejan ver en la actualidad ciertas manipulaciones sectarias en los campos de la política y la religión, fundamentalmente, porque muchos de los que huyeron buscando dichos refugios albergaban ya una patología básica de enajenación de su personalidad, en sus múltiples vertientes y posibilidades.

            Mi propuesta arranca de la siguiente reflexión: no se conseguirá nada buscando tan sólo la vuelta a la naturaleza. Sea cual sea el lugar en el que se encuentre y sea cual sea su profesión, lo primero que necesita el ser humano es comenzar por ejercer su creatividad personal aplicada a su entorno inmediato; dejar de frustrarse y aprender a ser él mismo, sin poner como justificación de su impotencia ni a la sociedad ni a la autoridad ni a la familia ni a la cultura. El ser humano, la persona, ha de ser eso: persona, ante todo.

            Es imprescindible recuperar la seguridad de la acción desde el impulso mental-emocional, llamado generalmente intuición, con las adaptaciones pertinentes para cada circunstancia. Una vez obtenida esta rehabilitación de la intuición visceral no paranoica, es ésta la que hace posible la aplicación de la creatividad en cada caso concreto. Una vez descubierta la clave y recuperado el ejercicio de esta facultad, tan asequible y normal como cualquier otra de las que diariamente utilizamos, su funcionamiento es sencillo. Cuando por ciertos prejuicios, temores, dudas o inseguridad, se pierde el uso y la sensibilidad de ese componente equilibrador de la actividad mental y emocional, el individuo se sitúa en una posición equivalente a la de un discapacitado o persona impedida por la carencia de una funcionalidad neuronal u orgánica. Por tal motivo se encuentra con menos posibilidades de respuesta y defensa ante las agresiones o exigencias del medio y le resulta prácticamente imposible librarse de la enajenación, renunciando a ser él mismo. Pero si podemos remediarlo ¿por qué resignarnos a ser humanos a medias? ¿Por qué entregarnos voluntariamente a la discapacidad mental o psicológica?

            La tecnificación de la psicología, a raíz de los experimentos de modificación de conducta, puso en crisis el sentido clásico de la dignidad humana, y así lo expuso directamente Skinner en su libro Más allá de la libertad y de la dignidad. Durante muchos años, tal presentación de las cualidades morales, como meros productos de reforzamientos sociales, agudizó la tensión existente entre el ser humano y el robot, puesto que se invertía la relación y este último aparecía como la imagen de perfección a la que los primeros, los seres humanos, imitaban, con la consecuente pérdida de valores y sentido a que nos enfrentamos o de la que nos quejamos en los últimos tiempos.

            En resumen, resulta difícil sintonizar con las emociones de los demás cuando no somos conscientes de nuestros propios estados emocionales, cuando existe algún tipo de lucha, tensión o malestar interno que nos impide “entendernos a nosotros mismos”.
Esta propuesta se dirige a concretar, en forma de códigos de lenguaje, los procesos de interacción o diálogo; la observación y aplicación de tales procesos. A través de la interacción con estos códigos, se pueden transformar con rapidez los estados emocionales, que dificultan la propia coherencia y la comunicación con las demás personas. Es fácil de observar que se facilita el entendimiento, propio y ajeno, cuando experimentamos emociones positivas, agradables, que deseamos compartir con los demás o con nosotros mismos. Y también, por el contrario, lo difícil que resulta llegar a entendernos cuando estamos de malhumor.

            La coherencia cerebro-corazón puede medirse y nos permite evitar las contradicciones y la tensión interna producida entre los pensamientos, sentimientos, deseos, necesidades y actos. Desde esta coherencia mejora la eficacia en todos los asuntos de nuestra vida personal, social y profesional.