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La invasión de los zombies felices

artículo Pedro Galván

Artículo escrito por Pedro Galván, autor del libro «Sé feliz ahora«. Presidente y fundador de DIRFEL, Asociación Mundial de Directores de la Felicidad.

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Señor Director, no queda nadie. El virus nos ha invadido y todos nuestros trabajadores se han transformado. Como nos alertaron en las noticias, la situación es imparable e irremediable. Ya no hay vuelta atrás.

Señor Director, todo nuestro talento se ha marchado a la competencia. Nos hemos quedado sin nadie bueno y lo que es peor, los CV que recibimos en el departamento de Recursos Humanos no son excelentes.

Yo le garantizo que estas nuevas personas que nos iban a dar ese toque necesario que necesitamos para innovar y para liderar el mercado ya no están tocando a nuestras puertas. Lo intentamos todo, pero ahora que lo veo desde arriba y alejada, pudimos haberlo hecho mejor. Quisimos engañarles diciéndoles que nos lo pasábamos muy bien en el periodo de selección, sabiendo que después lo que hacíamos era gritarles, humillarles y faltarles al respeto.

Les prometimos desayunos los viernes y lo cumplimos dos veces. Al tercero usted me dijo que no había presupuesto y que se trajeran un bocadillo. Algo tan simple, pero que les hacía ilusión por diferente y ser un momento para compartir como compañeros. Además, me acuerdo que les conseguí un descuento del 5% para ir al gimnasio, ¿recuerda? A mí me parecía una ventaja que se me antojaba interesante. Pero ya ve, no les gustó. Aunque también es verdad que no les preguntamos.

Les dimos formación. ¿Cómo se pueden quejar de la formación que les proporcionamos? Bueno, también es cierto que nunca les preguntamos sobre qué querían aprender, ni en qué querían ser flexibles y adaptarse a los nuevos tiempos. Es que teníamos miedo que supieran demasiado y se fueran de la empresa o nos exigieran más dinero.

Ahora que recuerdo, por mucho que decíamos que nuestra empresa no era vertical, usted y yo sabíamos que sí que lo era y que nunca quisimos aceptar otro tipo de reconocimiento que no fuera el clásico, el de siempre.

Debimos haber estudiado qué le motivaba realmente a nuestro equipo. ¿Fue esa una de las razones por las que no les ofrecimos sesiones de coaching para desarrollarse dentro de la empresa? e ¿incluso para la vida?. Señor Director, hubiera sido tan fácil retenerlos con tan solo escucharlos de manera consciente.

Ya nos avisaron que si solo maquillábamos la imagen de marca interna y hacíamos cuatro talleres de comunicación y liderazgo, no ganaríamos mucho y la verdad es que tenían razón. Fue catastrófico porque se enfadaron todavía más y se expusieron al virus. El virus los ha transformado a todos y no hay vuelta atrás. Maldito virus de la Felicidad.

Señor Director, ¿se acuerda que hace un tiempo no muy lejano, alguien nos habló de glassdoor.com y de otras aplicaciones que iban a permitir a los empleados evaluar a sus propias empresas y tampoco les hicimos caso? Pues un buen día llegué al trabajo, como le digo, fue hace poco, y teníamos dos estrellas sobre cinco en glassdoor.com. Allí empezó nuestra maldición porque hice lo que pude para parar los golpes y fue entonces cuando el departamento de Marketing y Ventas me llamó muy molesto porque el daño de nuestros trabajadores a la marca podía implicar un descenso de las ventas fundamentalmente por el rechazo a nuestra misión. Tenía todo el sentido del mundo. Nadie quiere asociarse con una empresa con reputación de ser hostil a sus trabajadores. Pero no quisimos verlo.

Me acuerdo que en una reunión de comité usted gritó: “¿hasta dónde van a llegar? ¿hasta dónde van a atreverse a quitarnos el poder que tenemos sobre los empleados? Se van a enterar. ¡Voy a ser más duro todavía!” Pues fíjese que su mano dura no funcionó, Señor Director.

Ya no hay esperanza. No aprendimos la lección cuando alguien nos habló sobre crear Programas estratégicos de la Felicidad de nuestros empleados.

“¿Felicidad para los trabajadores?” me acuerdo que usted decía mientras se tronchaba de la risa. Creía que el mundo se había vuelto loco. Ya estábamos bien en nuestra zona de confort. Los teníamos agarrados y bien agarrados y por mucho que se quejaran, no nos importaba, porque, ¿dónde podrían haber ido? ¡Si los demás estaban peor que nosotros! Al menos nosotros les trajimos desayuno dos veces. Pero nos volvimos a equivocar ya que las empresas jóvenes cambiaron y se adaptaron. Todo es más rápido ahora. Quizás es que no queremos entender este nuevo mundo en el que nos toca estar. Pero ahora estamos viendo que el que no se adapta se queda atrás, ¿verdad?

Durante mucho tiempo no les escuchamos. Recuerdo que empezamos un estudio de clima laboral una vez, pero también recuerdo cómo nos reíamos de todos ellos leyendo las respuestas a las encuestas. Una vez, González, el director de ventas, se rio tanto que casi se atragantó cuando su equipo le pidió una mejora en los horarios, conciliación familiar o trabajar desde casa algún día. Se quedó rojo de la risa el González. ¡Qué pirata!

No nos preocupamos tampoco de las mujeres y no creamos procesos que identificaran comportamientos machistas porque, como usted decía, esto es cultural y que se aguaten. Y es ahora, cuando ya no hay nadie, que me doy cuenta que no existe ningún tema cultural, sino que son solo elecciones que hacemos cada día y que éramos nosotros los que tendríamos que haberlos cuidado más. Ellas y ellos eran nuestra única ventaja competitiva. Se equivocó, señor Director. Se equivocó usted y todos nosotros.

No les dimos oportunidad para acceder a plataformas de mejora y aprendizaje continuos y mire que había de todo tipos y colores. Pero nunca había presupuesto, ¿recuerda? Y lo que más me impactó siempre, es que todos querían hacer su trabajo y siempre se me quejaban de que la empresa no sabía nunca sacar lo mejor de ellos. Algunos me decían que les tratábamos como a secretarios medio cualificadas y no como a profesionales. No les respetamos, Señor Director. Nunca les tomamos en serio y ahora ya ve, ya se han transformado. Hubiera sido tan fácil como no querer motivarlos, tan solo si no les hubieramos desmotivado habría servido.

Esa obsesión absurda, según su parecer, de que las personas no tienen que ser felices en el trabajo. Siempre le apoyé, pero piénselo bien: tampoco está tan mal pertenecer al mundo de los zombies felices.

Le cuento todo esto porque a mí me contagiaron hace relativamente poco y entendí que la vida es algo más que sufrir trabajando. Ese mundo es el pasado y no pienso volver a la oscuridad del ayer.

Con afecto,

La Zombie Feliz y Directora de la Felicidad de la Competencia.