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La brecha entre el talento técnico y el negocio

Por 2 octubre, 2019 Sin comentarios

Antonio Orbe  es director del Foro del Futuro Próximo y autor del libro «Una mirada al Futuro: Inteligencia artificial, Abundancia, Empleo y Sociedad«. Puedes seguir al autor en Twitter: @AOM59

 

Antonio Orbe

Durante décadas los programadores sabían más del negocio que la mayoría de los empleados de una compañía. Su posición privilegiada les hacía conocer todas las áreas del negocio y traducir las reglas empresariales a algoritmos, programas, software. Tenían la obligación de atender al usuario, escucharle, entenderle y plasmar en programas sus requerimientos. Además, el equipo de sistemas o tecnología tenía el cometido de investigar los nuevos productos del mercado, tanto de hardware como de software,para encontrar nuevas soluciones con funcionalidades que mejoraran el negocio.

Naturalmente esto era un mundo ideal que se enfrentaba a multitud de frenos, tanto desde el punto de vista de los técnicos como del negocio. Inmovilidad o aventurerismo por parte de informática o algunas áreas del negocio.

No era extraño que el CEO o el dueño considerara los ordenadores como “eso en lo que me gasto el dinero pero no sé para que sirve”. Tampoco el del nuevo director comercial, que ponía patas arriba el área TIC sin conocimiento alguno, pretendiendo que eso fuera tan sencillo que hasta su hijo fuera capaz de hacerlo. El director de sistemas podía ser un pusilánime sin la necesaria proactividad en un departamento que debería ser innovador. Los técnicos podían reusar hablar con el negocio y tildarles de pesados. Las quejas de los usuarios frente a la informática y sus informáticos bloqueaban la resolución de problemas. La tecnología era lenta y las nuevas funcionalidades tardaban eras geológicas en llegar. Los comerciales de soluciones externas, que se dirigían a un departamento, blandían la consigna “no habléis con informática. Son unos stoppers”. Las soluciones departamentales florecían al margen del departamento TIC provocando monumentales problemas de silos.

Pero aún y todo, las cosas ocurrían dentro de un marco relativamente estable. Los cambios en el negocio eran pocos y el desarrollo de la tecnología lento. A pesar de ello, la innovación siempre traía recelos y suponía problemas. Los “clásicos”, tanto en TI como en el negocio, temían perder poder y los “nuevos” entraban como un elefante en una cacharrería.

La aceleración tecnológica y la transformación digital han cambiado todo. Las empresas desaparecen, sin haberse enterado de cuál es el motivo, del mismo modo que los peces se mueren porque se seca la charca. A su vez, disponemos de poderosas herramientas que pocos saben cómo y para qué usar.

Los nuevos talentos de los algoritmos disfrutan resolviendo problemas abstractos y desconocen los negocios y sus problemas. Los directivos de negocios saben que existen tecnologías que podrían ayudarles pero no saben por dónde empezar.

Existen competiciones para científicos de datos y programadores de Inteligencia Artificial que plantean problemas inauditos. Por ejemplo, encontrar correlaciones entre variables en una tabla en la que las columnas se llaman col1, col2… El contenido de las columnas es irrelevante. Da igual si son pacientes de un seguro, saldos de una cuenta bancaria o piezas de un automóvil. Es más, es despreciable otorgarles un contenido. Cuanto más abstracto mejor. Parecido ocurre con la Inteligencia Artificial en la que los nuevos talentos diseñan algoritmos que aprenden con patrones de datos abstractos.

Resulta sorprendente atender a eventos técnicos en los que se discuten nuevas tecnologías con un elevado nivel de detalle en las variables parejo a una gran abstracción en los contenidos. Nadie puede afirmar que falta talento. De hecho parece lo contrario: sobra el talento y se derrocha en problemas que no interesan a nadie salvo por el mero juego y el placer de saber.

En el extremo contrario están las empresas que ven como la tierra se mueve a su alrededor. Saben que todo cambia muy deprisa. Que quizá el tiempo se les está acabando. Saben que tienen que hacer algo. Pero no saben qué. Oyen hablar de Big Data, de Cloud, de Internet de las Cosas, de Inteligencia Artificial. Saben que la competencia está haciendo cosas. Una competencia que quizá esté en China o en el polígono de al lado. Pero ¿por dónde empezar? ¿con quién hablar?

¿Cómo puede una empresa en un mundo cambiante conocer al techie que programa videojuegos para que se incorpore a su equipo de innovación y pueda competir en condiciones ganadoras? ¿Cómo hacer ver al friki que existe un mundo más allá de los dragones de videojuegos que consiste en pólizas, riesgos, clientes, fármacos, pedidos o facturas?

Siendo complejo, antes el mundo era más sencillo. El ritmo de aceleración tecnológica permitía innovar. El ritmo de transformación en los negocios daba un respiro para pensar. Hoy todo es distinto. Si no innovas, mueres. Pero ¿qué innovas? Las empresas ni siquiera lo saben.

Y así, la brecha entre el talento tecnológico y el negocio se agranda. El viejo programador que lo sabía todo de ambos mundos ya no existe. Las dos entidades, tecnología y negocio, que se necesitan más que nunca, en multitud de casos no se encuentran, se desconocen. El negocio corre riesgos y el talento de despilfarra. Solo los muy avispados son capaces de aunar ambos. Y estos arrasan.